SIRAT

O de como perderse en una realidad contemporánea

Sirat (España-Francia, 2025, 115 min), sin duda, es una película diferente. El director Oliver Laxe proyecta una road movie que transcurre en el desierto de Marruecos. La historia comienza en los preparativos de una rave, con paisajes inmensos y sonidos intensos. En ese escenario, un padre (Sergi López) y su hijo (Bruno Núñez) están repartiendo volantes con la esperanza de obtener alguna información sobre Mar, la hija y hermana de nuestros aparentes protagonistas. La fiesta arranca y lo caótico comienza a hacerse presente; para aderezar este entorno caótico, la guerra acaba de estallar, por lo que el ejército llega para trasladar a los asistentes de la fiesta. Sin embargo, un grupo escapa del cerco y es seguido por nuestros protagonistas.

La trama continúa en un viaje por el desierto con el objetivo de llegar a otra fiesta, guiados por un grupo de personas muy singulares, con un aparente sentido de comunidad, pero con una serie de comportamientos contradictorios. Por otra parte, Luis y Esteban (padre e hijo) no tienen muchas opciones y continúan el viaje a pesar de no estar preparados para lo que enfrentarán en el camino. Desafiando las convenciones de la estructura narrativa, la búsqueda de Mar pasa a un segundo plano, y lo que en un principio parecía un paraíso poco a poco se convertirá en un infierno.

En cuestiones técnicas, la fotografía a cargo de Mauro Herce es el timón de la película; a falta de una estructura narrativa visible, es la imagen la que nos cuenta lo que los pocos diálogos no hacen. Por otra parte, el sonido es como un aderezo para este filme, que si bien no tengo claro qué busca provocar en los espectadores, lo cierto es que plantea una serie de preguntas sobre nuestra condición actual como sociedad. Un elemento que vale la pena resaltar es la estética lograda: nos encontramos en un ambiente apocalíptico que contrasta con la fragilidad del cuerpo en movimiento capturado por la cámara.

En definitiva, Sirat se consolida como una road movie atípica donde la caótica huida por el desierto marroquí desdibuja su premisa inicial de búsqueda familiar para arrastrar a sus personajes hacia un infierno existencial. Sostenida por la inmersiva fotografía de Mauro Herce, la obra prioriza la fuerza de la imagen sobre la estructura narrativa, logrando una estética apocalíptica que resalta la máxima fragilidad del cuerpo humano. Más allá de su propuesta técnica, este viaje sirve como un claro guiño al inestable panorama geopolítico contemporáneo; el repentino estallido bélico y el cerco militar nos recuerdan el concepto de “estado de excepción” de Giorgio Agamben, retratando cómo el orden jurídico y social se suspende frente a la crisis, despojando a los individuos de sus derechos y reduciéndolos a una mera “nuda vida” obligada a vagar por un entorno hostil donde impera la pura supervivencia.

  1. Cineteca Nacional ↩︎

Maratón Atenas Veracruzana 2026

En realidad corrí la media maratón

Domingo, tres treinta y cinco de la mañana, parece muy temprano, pero los organizadores nos hicieron madrugar. Los de la media maratón salimos a las cinco y diez de la mañana. A pesar de que Xalapa es una ciudad pequeña, tocaba madrugar. Un té, dos plátanos y un pan tostado; último check para no olvidar nada. Cuatro treinta y dos de la mañana: el calentamiento inicia en un estadio relativamente lleno, eso sí con mucha actividad, extraño de ver. Al final somos casi tres mil corredorxs inscritos, la mayoría ya listxs para arrancar en las distintas distancias desde los 42,195 km, pasando por la media, los 10k, 5k y hasta una carrera infantil.

A pesar de llegar con tiempo, estos últimos minutos pasan muy rápido. Girar los tobillos, rotar la cadera, aflojar la espalda. ¡Arrancamos! Y aún no amanece, la oscuridad es el primer reto, por así decirlo, pues en los primeros kilometros el suelo es bantante irregular. Avanzamos sin aparente inconveniente, y las zancadas empiezan a fluir, pero de algo ya estabamos advertidos: Xalapa es una ciudad con calles muy empinadas. Son las pantorrilas quienes lo resienten, apenas va el kilometro tres y la energía comienza a utilizarse de forma explosiva… Me pregunto si será posible mantenerse así durante toda la carrera(?)

El primer tramo de subida se queda atrás. Nos adentramos al centro de la ciudad. Hoy los y las runners se adueñan de calles que parecen intransitables para sus propios habitantes y del túnel ni hablar. Desde lejos se nota que el breve recorrido por el centro termina en un túnel cual portal para iniciar con otra ronda de empinadas, sin embargo al entrar al túnel, la energía vuelve. Muchos gritan, otras aceleran, pues fuera del eco, es cierto que este lugar es símbolo de fuerza.

Comienza a amanecer. Suspiro, observo y trato de recuperar mi respiración. La frecuencia cardiaca ha estado alta durante lo que va de la carrera. Calmémonos… apenas el 5k se asoma. Por otro lado la hidratación no es constante, pienso que sería genial dejar agua, electrolitos y bombas de carbohidratos durante toda la ruta, un día antes, pero bueno la carrera sigue, no me puedo distraer, al final no voy solo en este camino.

Por fin, un poco de terreno plano. Ritmo, es momento de establecer un ritmo. En un abrir y cerrar de ojos ya salió el sol. Uno, dos, tres. Respiro. Uno, dos, tres. Acelero. Llegamos al primer retorno. Las piernas comienzan a tener rostros. El primer tercio de la carrera ha quedado atrás. —En mis entrenamientos entendí que cuando uno está corriendo no se mira hacia atrás—. La carrera continúa y aún estamos siendo un gran grupo que mantiene el paso, así las pisadas de todos se escuchan como un gran espíritu que mueve a la ciudad. No obstante, a pesar de ser la ciudad en la que habito, las caras son desconocidas pero al mismo tiempo familiares.

Corremos por una bajada prolongada, la respiración está bien, las piernas bien y el espíritu contento. En este momento mi mente divaga, estoy tranquilo y pienso en ese círculo virtuoso de la inspiración. Se dice que nosotrxs los runners inspiramos y al mismo tiempo fuimos inspirados por otrxs. Puedo asegurar que eso es totalmente cierto. Creo que es por eso que nos levantamos temprano un domingo… pienso esto mientras observo a mi alrededor. Me alegra pertenecer a algo que si bien ya es una moda también es una forma de vida, en pocas palabras y para continuar con la carrera solo agrego: un mismo camino, diferentes propósitos.

Pasamos el kilómetro 10. Ya estamos de vuelta en el centro, pero aún es muy temprano, quizá apenas son las seis de la mañana. La soledad de las calles contrasta con un ruido que parece venir de las paredes. ¡Dale, dale, no pares! es lo que decía una playera, además de ser una gran idea (¿ven cómo sí tratamos de inspirar sin realmente ser conscientes de ello?), por supuesto que le hice caso. Además vamos de bajada, es momento de apretar el paso, aunque la idea es no quemarse, la gravedad hace lo suyo y el tiempo por el momento no es una preocupación.

Es el último tercio de la carrera, sin duda es una carrera demandante por sus cuestas y particularmente el clima del día de hoy. El sol ya se deja sentir y la humedad característica de Xalapa hace de las suyas. Es útil pensar esta ruta en tres partes. Después de una segunda parte de recuperación, la concentración se hace más evidente y las piernas responden como si al menor intento de detenerse el calor las incendiara para hacer insostenible el equilibrio. La verdad es que ya para este momento la altimetría ha hecho lo suyo. El desgaste es evidente, pero no es lo suficiente para no empujar un poco más, porque para este momento me di cuenta de que las subidas seguirían llegando.

Solo un kilómetro más… nos enteraríamos más tarde que por un ajuste de ruta, se corrió un kilómetro más, aunque para aquellos que aún no experimentan una carrera, suele ser algo bastante común, y a veces el saber que la distancia se ha cubierto nos juega en contra porque qué más quisiera estar ya en la meta y parar, pero al igual que la mañana continúa, hacemos lo mismo. Existe el consuelo de que cada paso nos acerca a la meta, y en realidad eso pasa desde el inicio de la carrera, ojalá así fuera con la vida (¿no creen?).

Se terminó, con un final acostumbrado. ¡Cerrar fuerte! Es muy satisfactorio acelerar en los últimos metros, y como por arte de magia al pasar por el tapete la energía se diluye. Las piernas duelen, los brazos duelen. Hay que estirar, tirarse al pasto, tomar agua y colgarnos la medalla, pues después de 21.0975 kilómetros no somos los mismos.

LES CRÉATURES

O de como no podemos cambiar nuestra naturaleza

Las criaturas (Francia, 1966, 90 min), un filme de Agnès Varda, despliega un gran ensayo visual sobre la naturaleza humana. La historia comienza con nuestra pareja protagonista, que sufre un accidente; como resultado de este, Mylène (Catherine Deneuve) queda muda y su esposo, Edgar (Michel Piccoli), tiene que transitar solo por el pueblo, ya que su esposa, por su condición, prefiere quedarse en casa. Durante los recorridos de Edgar, se va encontrando con los diferentes pobladores de la isla donde habitan; sin embargo, una serie de extraños acontecimientos lo intrigan y decide poner manos en acción para detener estos sucesos.

La trama de la película nos va llevando por situaciones donde se devela la naturaleza humana, y pone en entredicho al destino como pretexto para denotar que, si bien parecen existir fuerzas sobrehumanas que dirigen nuestras vidas, la voluntad es algo que sigue en el terreno de cada uno de los habitantes, la cual es potenciada por un extraño juego que revela en ciertos momentos la peor parte, pero también en otros, la mejor parte de nosotros. Si bien es cierto que tenemos un protagonista claro, la historia nos lleva a través de cada uno de los personajes, donde con sus acciones y palabras vamos a descubrir su verdadera naturaleza o, al menos, la que aparentan.

En cuestiones técnicas, Las criaturas es una digna película de su época. La mirada de su directora es única y, si bien nos remonta a un cine en blanco y negro lleno de simbolismos (muchos de los cuales parecen indescifrables), no queda más que disfrutar de la bella fotografía a cargo de Willy Kurant y William Lubtchansky, donde la composición y los movimientos de cámara añaden elementos oníricos al filme. Por otra parte, el diseño sonoro hecho por Jacques Maumont resulta por momentos un poco estresante, pero esa es la intención, porque si bien estamos ante un drama, por instantes podemos pensar que estamos viendo una película de terror, por supuesto con los miedos característicos de esa época. Finalmente, el vestuario es uno de los signos cinematográficos que también tiene mucho que decirnos; además de una gran estética, no dejemos de pensar qué es lo que nos está tratando de comunicar.

Las criaturas proyecta una experiencia onírica donde la magistral técnica audiovisual de Varda genera una atmósfera de sutil terror, y la misteriosa travesía de Edgar funciona como un fascinante espejo de nuestras ambivalencias. A través de este peculiar juego fílmico, la directora desmitifica al destino como un ente rector, ya que nos demuestra que son las acciones de los personajes las verdaderas creadoras de su realidad. Es en esta dinámica donde pienso que la película dialoga con el pensamiento de Arthur Schopenhauer, porque la historia ilustra cómo nuestras vidas no están guiadas por un orden racional o divino, sino por una fuerza interna, ciega e incesante. En conclusión, esta “voluntad” schopenhaueriana se manifiesta en los habitantes de la isla como un impulso irracional que detona nuestras mayores virtudes o nuestras peores bajezas, y nos deja como reflexión que la naturaleza humana es, en esencia, una constante e inevitable subordinación a nuestros propios deseos.

  1. IMDB ↩︎

DOS EXTRAÑOS, DOS ESTACIONES

O de como las miradas son para compartir

Dos extraños, dos estaciones (Japón, 2025, 89 min) es una cinta de una calma visual fenomenal; sin embargo, no todo es contemplación: la historia o historias son un gran pretexto para la reflexión cinematográfica que, al parecer, el cine japonés tiene muy bien asimilada. Esta historia comienza en la playa, con dos protagonistas que al parecer tienen en común a la guionista que escribió su historia. La trama continúa con el tema de un viaje, pero pasamos de una mirada cinematográfica a una mirada más íntima —pero igual de descriptiva y narrativa— que nos lleva entre olas por los diferentes momentos, muchos de ellos encapsulados en un tiempo ajeno.

La sutileza con la que el director Shô Miyake hace el tratamiento de la historia nos permite adentrarnos, en un primer momento, en los sentimientos de una pareja que se adentra al mar al mismo tiempo que conversan, se acercan y se conocen poco a poco hasta llegar a un punto climático. En ese momento, la mirada parece tener un cambio de 180° que deja una sensación agradable en el espectador. Un brinco a la metaficción que aporta una atmósfera perfecta para dejar que los diálogos, situaciones, paisajes, sonidos y silencios nos conduzcan por un mar de emociones potenciadas por un buen uso del lenguaje cinematográfico.

En cuestiones técnicas, esta cinta es una verdadera joya. La dirección de fotografía a cargo de Yûta Tsukinaga es de una maestría que, en conjunto con el diseño sonoro de Takamitsu Kawai, logra transportar al espectador a lugares increíbles, donde la reflexión sobre el encuentro de dos extraños se dibuja con un paisaje de una potencia expresiva muy característica del cine japonés. Como dato curioso, esta cinta es una adaptación libre de dos relatos cortos de Yoshiharu Tsuge, una figura legendaria del manga alternativo japonés: «Una vista de la costa» (1967) y «El señor Ben y su iglú» (1968).

En conclusión, esta película nos regala varias sorpresas, como lo es su estructura de «muñeca rusa»: una narrativa metacinematográfica que difumina los límites entre la ficción de sus escritos y su propia realidad. Por otra parte, el discurso sobre las relaciones, más que buscar una idea en concreto, permite colocarnos en un estado de pausa —por así decirlo— que, en vez de llevar la mirada desde nuestra subjetividad, nos convierte en fieles testigos del encuentro entre dos extraños.

  1. Cineteca Nacional ↩︎

EL FILMADOR

O de como transmutar los recuerdos

El filmador (Uruguay, 2021, 70 min) es una película que captura un pedazo del mundo literario de mediados del siglo XX, donde aparece la figura del escritor latinoamericano y también de la escritora latinoamericana (invisibilizada por la desigualdad de género). Los protagonistas, Amanda Berenguer y José Pedro Díaz, viajan a París; sin embargo, el viaje, que es el eje de la estructura narrativa de la película, se entrelaza con el discurso del presente: este tiempo de los que son y observan a los que ya no son. El presente también es registro, es memoria y testigo. Y algunas personas les hacen espacio en las bibliotecas nacionales para resguardar lo suyo, lo dicho.

Viajar es romper con la costumbre y eso lo sabe el director Aldo Garay, Entonces, es esta paradoja la que permite adentrarse en el registro de la reflexión artística. Se percibe la derrota del sujeto de la posguerra ante la vorágine del tiempo y sus mecanismos, la cual había llevado a los y las artistas a ser estereotipos, no tanto por una moda, sino por el compromiso con lo cotidiano. Quizá por lo anterior, uno de los protagonistas adquiere una cámara de 8 mm; en otras palabras, un objeto técnico que nos atraviesa a todos: tanto al director como al investigador, al espectador, a la biblioteca o a su propio hijo.

La historia es el viaje, nada más y nada menos. Sin embargo, el montaje es un elemento que permite tener una lectura con mayor profundidad, ya que despliega varios tiempos narrativos y, sobre todo, logra un ritmo en el que se construye una estructura de la realidad, donde los protagonistas pasan a ser todos los que están frente a la cámara. Allí, no solo los sujetos, sino también los objetos, son vistos bajo el lente y son el resultado de una realidad aparte, representada en un entramado bien delimitado, por lo que me atrevo a decir que es un documental con muchos aires de ficción.

Los y las protagonistas del cine son una cosa y las personas en la vida real son otra, o ¿quizá no? Ser o no ser: se ha dicho mucho, en muchas lenguas, en muchos lenguajes. Por suerte, el mundo no se limita al ser y existe con y para él —por supuesto que sí— si estamos situados en terrenos cinematográficos. El filmador es mucho más que el registro de un viaje a París y el rescate de la memoria literaria; es una profunda reflexión artística posibilitada por una cámara de 8 mm. Todo este entramado visual y narrativo nos conduce a la interrogante esencial sobre la existencia: Los protagonistas trascienden su condición de simples mortales para habitar un terreno puramente cinematográfico, comprobando que, bajo la mirada del cine, el mundo y la memoria no solo son, sino que se reinventan y perduran a través de la imagen.

  1. MUBI ↩︎

DRØMMER

O como visitar los orígenes del amor

Sueños / Sexo-Amor (Noruega, 2024, 110 min) es una película que vale la pena ver si uno quiere recordar cómo fueron esas primeras pinceladas de amor. La protagonista, Johanne (Ella Øverbye), al iniciar el semestre en la preparatoria, experimenta el despertar del amor; sin embargo, algo no comienza bien, porque es de su profesora de francés (Selome Emnetu) de quien se ha enamorado. En una solitaria travesía amorosa, Johanne construye una imagen del amor conforme las interacciones con su profesora aumentan, para tener un desenlace como el de casi todos los amores en el mundo. Sin embargo, la historia apenas comienza, pues ella escribió sobre esta experiencia, que eventualmente llega a manos de su abuela (Anne Marit Jacobsen), una escritora publicada, y de su madre (Ane Dahl Torp), que siempre está ocupada.

Continúo con una advertencia para el espectador o espectadora: no se desespere si en la primera parte de la película solo vemos y escuchamos una especie de monólogo de la protagonista. Por una parte, es porque solo ella es quien nos puede contar sobre su experiencia amorosa, y por otra, será quizá un recurso del director Dag Johan Haugerud (que, como dato extra, también escribió esta película y es parte de una trilogía). Regresando a la trama, lo escandaloso de la situación es presentado naturalmente, y las reacciones que vemos en pantalla solo pertenecen a los personajes de esta historia de (des)amor. De la misma forma, la sexualidad se destaca por una especie de ausencia/presencia que coloca al espectador en un punto primigenio del que parte para hacer su propia imagen.

En cuestiones técnicas, la película cumple. Se nota una visión contemporánea de cómo hacer cine, sin tantos cortes, con secuencias amables a la narrativa y encuadres estilizados con el objetivo de descansar la mirada y solo preocuparnos por contemplar la historia de Johanne. El ritmo de la película se dicta en el set de grabación y no en la sala de edición, lo que significa que el director de montaje trabajó principalmente en seleccionar la toma donde el “ritmo emocional” de las actrices fuera perfecto desde el grito de “acción” hasta el “corte”.

Sueños en Oslo, como también se ha traducido, es una película minimalista con temas gigantescos: los sueños, el amor y el sexo. Cada uno es un punto de inflexión tanto para la protagonista como para nosotrxs. A través de guiños y un interesante final, se dicta una postura y una intención de deconstruir estos temas desde una mirada analítica, pero sin dejar lo sentimental de lado, en una especie de sentipensar cinematográfico. Pues, al final, esta cinta es un gran ensayo de la naturaleza humana en un momento crucial como lo es la adolescencia… el comienzo de la integración de nuestro ser a la interseccionalidad de la vida “adulta”.

  1. https://www.filmoteca.unam.mx/exhibiciones/78-muestra-internacional-de-cine/suenos-sexo-amor-drommer/ ↩︎

UNA BATALLA TRAS OTRA

O de como seguimos romantizando la revolución

Una batalla tras otra (Estados Unidos, 2025, 161 min.) La gran industria cinematográfica lo vuelve a hacer. Paul Thomas Anderson toma una premisa parte de la agenda geopolítica actual en un relato atractivo en varios aspectos. La historia es de Bob (Leonardo DiCaprio), un exrevolucionario, sacado de una imagen remanente de los viejos líderes revolucionarios y un estereotipo. Él y su hija intentan vivir una vida “normal”, pero resulta que su sola existencia se interpone en los planes de uno de sus antiguos adversarios, un tal coronel algo Ejército/supremacía/racismo (Sean Penn). Así, de un día para otro, Willa (Chase Infiniti) desaparece en una furgoneta blanca; está en peligro. Y su padre, que si bien está oxidado, no deja de ser un ser violento con experiencia, hará lo que sea necesario para rescatarla.

El tema de esta cinta tiene una buena dirección y tiene varias perspectivas, porque hablar de actos revolucionarios nunca será suficiente. El guion, a cargo del director en conjunto con Thomas Pynchon, va de lo general a lo particular, y eso lo hace bastante bien. Cada uno de los personajes es mostrado, con excelentes actuaciones, en diferentes fragmentos de su identidad. Así, el presente y el pasado están dictando esa referencia de progreso, que, como resultado de la cultura visual que heredamos, construye una forma de normalización de los actores en la escena político-social: lxs buenxs y lxs malxs.

En términos técnicos, impecable, hasta se permite sutilezas por parte de Michael Bauman al utilizar VistaVision, un formato horizontal de 35 mm de alta resolución que es especialmente útil para secuencias con acción y paisajes amplios. La música, en manos de Jonny Greenwood, sugiere una banda sonora sofisticada y al mismo tiempo es tensa, clave para sostener el tono político/paranoico. Finalmente, la ambientación de un mundo latino migrante, más allá de que es políticamente correcta, contradictoria y romantizada, es digna de representar el imaginario, ese mismo que se cuestiona también este filme, ¿o no?… ¿Acaso no es eso la revolución?

Una batalla tras otra, entrelaza la violenta odisea de un exrevolucionario por rescatar a su hija con una deconstrucción profunda de las dicotomías sociopolíticas que nuestra cultura visual ha normalizado. Este thriller geopolítico trasciende la acción pura para adentrarse en un profundo escrutinio de la identidad y de las dicotomías sociopolíticas entre el bien y el mal. Culmino cuestionando la esencia misma de la lucha social dentro de una aparato cultural. Repensemos la revolución, tal como propone el filósofo Giorgio Agamben, no como la toma del aparato estatal para instaurar un nuevo régimen, sino como el ejercicio de una “potencia destituyente” que desactive las estructuras opresivas del poder para liberar genuinamente la vida.

  1. IMDB ↩︎

OJO DE PERDIZ

escrita y dirigida por Miriam Cházaro / Compañía titular de Teatro de la Universidad Veracruzana

Perdiz f. Ave gallinácea, de hasta 40 cm de longitud y 50 de envergadura, de cuerpo grueso, cabeza pequeña y plumaje pardo grisáceo con manchas rojas, muy apreciada como pieza de caza por su carne.

Ojo de perdiz trata la historia de una comunidad en la cuenca del Papaloapan. Es cortita, sí, pero de una gran riqueza en su lengua. Ya sea antes o después de ver la obra, leer el glosario de términos regionales nos hace parte de esta comunidad que se representa. Entonces, en la obra veremos a diferentes mujeres; cada una es trazada con actuaciones sobresalientes y una propuesta de escenografía bastante interesante: una suerte de plataforma asimétrica con un suelo que hace alusión al título de la obra, pues el ojo de perdiz no es el ojo de un ave, sino un tejido.

Regresando a las actuaciones y al uso del lenguaje, Ojo de perdiz nos invita a poner atención en las palabras y en la forma en que se dicen, para así entrar a navegar por los ríos de la comunidad veracruzana en una suerte de liberación que, en definitiva, presupone un cambio en la protagonista; sin embargo, cada uno de los diez actores en escena nos revela una cara distinta de lo que parece nunca cambiar: las tradiciones.

Así, las tradiciones y la comedia parecen ser el caldo perfecto para transportarnos por sesenta minutos a una población calurosa, con olor a caña y mosquitos en la sala. Donde cada situación en la que se irá metiendo nuestra protagonista nos arrancará varias sonrisas, pero con la esperanza de que su vida dé el giro que tanto busca y pueda demostrar que ella es más que solo una buena ortografía.

LA ULTIMA OPCIÓN

O de como la vida se pondrá cada vez peor

La última opción (Corea, 2025, 139 min). “¿Cómo se puede ir en contra del progreso?” es la pregunta del director Park Chan-wook, la cual brota como un árbol majestuoso que ostenta la edad del paso de los siglos. La cinta también es una comedia negra en la que el protagonista, Man-su (Lee Byung-hun), es despedido por luchar contra el despido de sus compañeros. Estar desempleado es una condición insostenible en un mundo perfecto; además, él no está solo. Vive con Miri (Son Ye-jin), dos hijos y un par de mascotas que se acomodan a un ideal tanto occidental como oriental. Al ver en peligro la continuidad de esta vida, y sin pensarlo mucho, Man-su tendrá que cometer una serie de crímenes en nombre del progreso.

Con plena sinceridad, esta película es una joya. Empecemos… La trama, aunque no se caracteriza por hacer algún juego fuera de lo común, tiene un ritmo interesante. Gran parte de este mérito se lo llevan las actuaciones. Estamos ante personajes que nos dicen mucho más con sus cuerpos que con sus diálogos; aun así, el guion tiene frases cargadas de imágenes que, en ciertas escenas, resuenan en un lenguaje cinematográfico excepcional. El guion, a cargo del director coreano y de Lee Kyoung-mi, es lo que sostiene esta gran historia, sin dejar cabos sueltos y trazando un viaje de principio a fin. Por supuesto, que hay varios giros de tuerca.

Sin embargo, tanto la fotografía (Kim Woo-hyung) como el diseño sonoro, en conjunto con la banda sonora, no son solo elementos que orbitan la historia, sino que también nos están contando cosas. Los movimientos de cámara, logrados mediante una novedosa técnica cinematográfica, vaya que la distinguen de otras películas. Por su parte, el diseño sonoro (Bock-Nam Ahn) tiene momentos climáticos que sumergen al espectador en una experiencia sonora, como una especie de rompimiento de la cuarta pared.

La última opción es una película que plantea un problema que nos trastoca a todos, pero lo hace con una complejidad y, al mismo tiempo, una sutileza dignas de verse. La obra expone el miedo que provoca la ilusión de un mundo perfecto y, sobre todo, cómo trastoca la identidad y la resuelve en un individualismo cautivo característico de nuestra época y de las que vienen. Park Chan-wook construye un mundo frío en el que la humanidad cree habitar la belleza del presente y, arrojada a él como un niño indefenso, se ve pisoteada por el lugar en el que no elegimos estar, sino en el que queremos estar. Un mundo sin consecuencias.

  1. Cineteca Nacional ↩︎

Un hombre sin pasado

o de como ser un humano del presente

Un hombre sin pasado (Finlandia-Alemania-Francia, 2002, 92 min.) es una película que vale la pena ver con ese espíritu palomero/pochoclero. La premisa de Kaurismäki es simple: un hombre, al que llamaremos M (Markku Peltola), llega a una ciudad nueva, al llegar, es golpeado con tal brutalidad que le hace perder la memoria. Tanto el espectador como él no saben nada del protagonista. En este camino desde lo desconocido se irá encontrando con varias personas y situaciones. Así de la nada, también nos veremos inmersos en una historia de amor al más puro estilo del director finlandés, que en mi opinión nos muestra historias reales, desprovistas de toda mirada occidental.

Lo anterior juega un papel muy importante para el desarrollo, pues estamos ante un lienzo en blanco y varios entornos que intentarán entrometerse en la historia. La trama, como mencioné en un inicio, es en esencia simple, sumado a que la profundidad de nuestro personaje no se plantea como un problema existencial. Hay estudios que sugieren que la memoria es parte importante de la personalidad. Entonces, nuestro personaje va reconstruyendo no solo su memoria, sino su personalidad, y nosotros como espectadores lo acompañamos en un mundo donde la humanidad está presente y las circunstancias parece que van orientando la voluntad; sin embargo, la profundidad existencial no es algo que acongoje a M, aunque en mí, al mirarla, logró ese efecto.

En cuestiones técnicas la película es impecable —claro, desde una óptica diferente—, y sí se nota el paso del tiempo; pero, ¿qué son dos décadas en avances cinematográficos? No obstante, la maestría de Aki Kaurismäki y Timo Salminen, director de fotografía, proyecta un mundo nórdico, con ambientes y paisajes no tan distintos a los nuestros, porque la cámara siempre está posada en las personas. Esta dupla es conocida por su estilo minimalista, luces planas (baja saturación) y una paleta de colores muy controlada, que en esta película incluye tonos verdes, grises y amarillos apagados. Esto no es un accidente: busca evocar un mundo desolado, marginal, pero con un matiz irónico y esperanzador.

Al entrelazar una premisa sencilla donde la amnesia permite reconstruir la personalidad mediante la calidez humana, con un minimalismo estético que dota de ironía y esperanza a los márgenes desolados de la sociedad, la cinta trasciende su aparente simpleza para adentrarse en una profunda exploración temporal del individuo. Es aquí donde la obra despliega su mayor fuerza reflexiva, al sumergirnos en la compleja paradoja de un hombre que, al ser despojado de su memoria, encuentra en la inmediatez pura del presente una luminosa y liberadora posibilidad de renunciar por completo al peso de su historia. No obstante, esta ilusión de un eterno empezar de nuevo choca irremediablemente con un trágico y poético contraste existencial, pues nos demuestra que, por más que el ser abrace el «ahora» como un refugio absoluto, ese pasado borrado se niega a desaparecer como una sombra indomable que, en silencio, aún existe en espera de reclamar su lugar.

  1. IMDB ↩︎