O de como las miradas son para compartir

Con el caluroso y resplandeciente verano como fondo, Nagisa y Natsuo se conocen en la playa. Cada uno carga con un cúmulo de conflictos y dudas interiores; ambos, están dispuestos a compartirlos el uno con el otro. En contraste, la amistad de Li, una guionista que se encuentra en crisis y Benzo, un ermitaño que le renta una pensión, surgirá inesperadamente en el frío invierno entre intercambios de ideas, reflexiones y sentimientos.1
Dos extraños, dos estaciones (Japón, 2025, 89 min) es una cinta de una calma visual fenomenal; sin embargo, no todo es contemplación: la historia o historias son un gran pretexto para la reflexión cinematográfica que, al parecer, el cine japonés tiene muy bien asimilada. Esta historia comienza en la playa, con dos protagonistas que al parecer tienen en común a la guionista que escribió su historia. La trama continúa con el tema de un viaje, pero pasamos de una mirada cinematográfica a una mirada más íntima —pero igual de descriptiva y narrativa— que nos lleva entre olas por los diferentes momentos, muchos de ellos encapsulados en un tiempo ajeno.
La sutileza con la que el director Shô Miyake hace el tratamiento de la historia nos permite adentrarnos, en un primer momento, en los sentimientos de una pareja que se adentra al mar al mismo tiempo que conversan, se acercan y se conocen poco a poco hasta llegar a un punto climático. En ese momento, la mirada parece tener un cambio de 180° que deja una sensación agradable en el espectador. Un brinco a la metaficción que aporta una atmósfera perfecta para dejar que los diálogos, situaciones, paisajes, sonidos y silencios nos conduzcan por un mar de emociones potenciadas por un buen uso del lenguaje cinematográfico.
En cuestiones técnicas, esta cinta es una verdadera joya. La dirección de fotografía a cargo de Yûta Tsukinaga es de una maestría que, en conjunto con el diseño sonoro de Takamitsu Kawai, logra transportar al espectador a lugares increíbles, donde la reflexión sobre el encuentro de dos extraños se dibuja con un paisaje de una potencia expresiva muy característica del cine japonés. Como dato curioso, esta cinta es una adaptación libre de dos relatos cortos de Yoshiharu Tsuge, una figura legendaria del manga alternativo japonés: «Una vista de la costa» (1967) y «El señor Ben y su iglú» (1968).
En conclusión, esta película nos regala varias sorpresas, como lo es su estructura de «muñeca rusa»: una narrativa metacinematográfica que difumina los límites entre la ficción de sus escritos y su propia realidad. Por otra parte, el discurso sobre las relaciones, más que buscar una idea en concreto, permite colocarnos en un estado de pausa —por así decirlo— que, en vez de llevar la mirada desde nuestra subjetividad, nos convierte en fieles testigos del encuentro entre dos extraños.
- Cineteca Nacional ↩︎

