
Tira 002


O de como a los secretos familiares no se los lleva el mar (España-Alemania, 2025, 112 mins.)

Frida es una joven cuyos padres murieron siendo ella una niña. Adoptada por su tío materno, la joven pierde el vínculo con su familia paterna. 1
Romería es quizá un drama familiar, pero a diferencia de cierta tendencia a explorar los mundos psíquicos de los miembros de la familia, esta cinta nos muestra una mirada diferente, menos intelectualizada pero igual de atinada en la mirada contemporánea con la que la directora Carla Simón pone el ojo en la historia de Frida (Llúcia Garcia). Ella es huérfana de ambos padres; al cumplir 18 años viaja a la ciudad de Vigo, conocida como el «Caribe gallego», y es en este puerto donde, con el pretexto de obtener el acta de defunción de su padre, podrá obtener una beca para estudiar cine. Sin embargo, no será tan fácil tener este documento, ya que tendrán que ser sus abuelos quienes testifiquen que, efectivamente, Frida es hija de Fons Piñeira… será complicado porque esta familia esconde varios secretos.
El guiño de que la protagonista quiera estudiar cine y que lleve consigo una handycam se aprovecha muy bien para desplegar un estilo visual desenfadado, pero al mismo tiempo con una estética notable y un tono íntimo que sirve de ambiente para que los secretos se vayan revelando y la trama transcurra en una lógica familiar que nos atraviesa, pero que al mismo tiempo se desenvuelve en una cultura diferente. Otro guiño es que Frida habla catalán. No es algo que directamente aporte algo significativo a la historia; no obstante, dota a la película de una vigencia muy atinada a los tiempos que navegamos.
Romería cierra una trilogía de la memoria familiar basada en la propia vida de Carla Simón. Comenzó con Verano 1993 (centrada en su infancia tras ser adoptada), continuó con la multipremiada Alcarràs (sobre la vida rural de sus tíos) y culmina con Romería, enfocada en la historia de sus padres biológicos. Es por ello que en las cuestiones técnicas hay dos elementos a resaltar: por una parte, la directora de fotografía Hélène Louvart revisó cintas que la propia Carla Simón filmó cuando tenía 18 años, buscando imitar ese estilo «poético e imperfecto»; así, nos regala varios estilos de grabación durante este filme donde el mar, los barcos, las personas y el pasado cobran sentido en la mirada de Frida. El otro elemento es la diferencia con sus largometrajes anteriores, caracterizados por un naturalismo estricto y el uso de cámara en mano; en esta cinta, Simón recurre a encuadres fijos, composiciones estilizadas y secuencias oníricas o surrealistas para representar los huecos que la memoria no logra llenar.
El viaje de Frida se convierte en una exploración íntima que conecta con la búsqueda de identidad desde lo personal a lo colectivo, en gran medida por la evolución narrativa de la directora, que se apoya en un giro técnico significativo donde el naturalismo estricto de sus obras previas se conjuga la textura «poética e imperfecta» de la handycam y el uso de encuadres fijos y pasajes oníricos, para dar forma a los huecos que el recuerdo no logra llenar por sí solo. En esos huecos es donde los secretos familiares dejan de ser meros obstáculos para transformarse en el motor de una trama que atraviesa generaciones, evidenciando que la memoria no es un registro exacto de los hechos, sino un territorio fragmentado siempre en construcción. Romería confronta la idea quemel pasado no es una persecución de la verdad factual, sino un ejercicio de aletheia, donde la luz del cine desoculta las realidades que siempre han estado presentes, permitiendo que aquello que habitaba en la sombra finalmente se manifieste.

Fragmento
(Se proyecta una imagen de la plaza de Santo Domingo)
La escena comienza con el actor espantando a los asistentes, diciendo que se alejen, no pasen esa línea. Repetición:Aquí apesta a muerte.
En este lugar enterraron un cadáver, exactamente ahí (señala la caja) Creo que eran las cuatro de la mañana, cuando un vecino, no recuerdo su nombre pero es jóven quizá tenga unos 25 años, pero esa noche solo otro viejo como yo deambulando en la plaza con un cadáver en una caja.
(Se acerca a la caja)
No los sabes (?) no puedes enterrar un cadáver aquí, esto es patrimonio cultural. Esta no es tu casa, como que no te importa. Los árboles aquí también están muriendo. Yo soy el único que los cuida. La muerte es algo que a nadie le gusta, pero como no querer algo que cada día está más cerca. Quizá la muerte llega cuando la caja que contiene la vida está llena. Yo no quiero morir, sin embargo lo haré, eso no me preocupa, han pasado cosas. Te dije que no puedes enterrar un cadáver aquí. No me oyes. Sé como es… el instante te deja sordo y te quedas mudo de tanto gritar. El cuerpo es el primero que le responde a la muerte. Tieso, es un relámpago que petrifica. No puedes moverte, ya no más. No hay voluntad !!! Entonces ¿qué estás haciendo aquí? Si vas a enterrar un cadáver tienes que cavar profundo, no sabes en lo que te estás metiendo. Lo estás haciendo mal, deja de llorar quieres(?) Vas a alertar a los policías y a ellos sí les gusta la muerte.
Creo que es porque conviven mucho con ella y tú también lo estás haciendo. Eso que tienes en esa caja parece tener más de doce horas muerto… Ya huele, huele a esa realidad severa donde ya no hay vuelta atrás. Te ayudo… (toma la caja y la coloca abajo del banco) Qué no ves que eso que tienes encerrado es también vida. Los árboles de está plaza están muriendo, yo soy el único que los cuida. (toca las hojas de un árbol y se acerca a la caja)
No eres el único que cuida a los árboles. Yo también los cuido, por eso estoy aquí (el actor se levanta precipitadamente da la vuelta, se detiene unos segundos y regresa para sentarse en el banco )
Actor: Claro que sé lo que estoy haciendo. Mi cuerpo acalambrado es quién me lo dice. La muerte es una carga, que no sé bien la llevamos cargando desde el inicio o llega de repente, como una montaña que se derrumba frente a nosotros. Han estado en un terremoto, dónde de la nada el mundo se agita, grita, corre y te empuja por unos minutos. Son instantes y después parece que llega la calma. Es una ilusión porque todo alrededor arde, unos ya no están. (se agacha para tomar la caja, la abre y saca una foto) Pero de los escombros, siempre algo sobrevive.
(lee la siguiente nota que saca de la caja) “Me produce una alegría melancólica vivir en medio de esta confusión de callejuelas, de necesidades, de voces: ¡cuánta impaciencia, cuánto afán, cuánto buscar, cuánto apresuramiento, cuánto gritar! Y, sin embargo, pronto habrá un silencio tan grande para todos estos hombres que chillan, viven y desean… No es que quiera fundar una orden de la calavera para que mediten sobre la podredumbre; al contrario, quiero que la vida se vuelva cada vez más vida, y que el pensamiento de la muerte, ese silencio del océano, sirva solo para que cada momento sea más sonoro, más pleno y más ardiente. Se trata de vivir de tal modo que uno llegue a desear vivir otra vez, y otra vez, por toda la eternidad.”
Claro que sé en lo que estoy metido. Mis manos tocaron la muerte. O eso me habría gustado contestarle, y es que a veces se pone violento, es porque está plaza es su casa. El dice que cuida los árboles y ya se le murieron dos. Y el único que sobrevive es este en el que estoy sentado. La muerte hará lo suyo: fortalecerá la vida, nuestras raíces serán más profundas y las hojas volverán a brotar en primavera…
(Se golpea la caja al ritmo de la canción Neuquen quimey)
O de como las familias seguirán siendo una comedia (rlanda, Francia, 2025, 110 mins)

Hermanos separados se reúnen después de años separados, obligados a enfrentarse a tensiones no resueltas y a reevaluar sus tensas relaciones con sus padres emocionalmente distantes.1
Jim Jarmusch nos presenta su nuevo filme con un nombre bastante largo, pero explicativo. En tres actos vamos a adentrarnos en la relación que nuestros personajes mantienen con alguna de sus figuras parentales. Unos hermanos visitan a su padre; dos hermanas toman el té con su madre y dos hermanos regresan a la casa abandonada de sus padres. Quizá el gran tema de esta película no es más que la distancia de las palabras que, a partir de la adultez de los hijos, va resquebrajando la ilusión de la unidad nuclear, familiar y fraternal.
En el primer acto, la situación es confusa, rara y hasta un poco injusta. El padre parece no tener una vida digna, donde las palabras son insuficientes y las apariencias se develan en una especie de fotografía conservadora del quehacer de los hijos ante la vejez, en este caso, de un padre. En el segundo acto, ahora son dos hermanas que, si bien distantes, se dibujan en pequeñas escenas que las encuentran en su ser como familia; sin embargo, siempre hay algo que interrumpe el momento y la verdadera comunicación se va al carajo. En el tercer acto las cosas parecen ser más naturales; claro, pues ni un padre ni una madre aparecen en escena, solo recuerdos compartidos en espacios vulnerables que aderezan una búsqueda imposible: una familia ejemplar.
Este filme tiene elementos de ambos mundos del cine, por decirlo de alguna manera. Por una parte, el elenco y la forma en que se sitúa la cámara sirven para tratar este tipo de temas subjetivos que forman parte de una agenda progresista en el buen sentido de la palabra; pero, a pesar del lugar común en el que se puede caer, la astucia del director —y con ella el uso del lenguaje cinematográfico— logra una especie de gravedad que atrae la mirada a la pantalla (a pesar de que, para momentos incómodos, mejor los de mi casa en la cena de Año Nuevo). Así, un montaje cuidado (Affonso Gonçalves), la composición creativa a cargo de Frederick Elmes y Yorick Le Saux, y el registro sonoro como parte de una gran conversación, sostienen escenas largas, a veces cómicas y en otras profundas, que nos permiten ser parte de estas disfuncionalidades contemporáneas.
Esta última entrega de Jim Jarmusch desglosa, a través de un tríptico afrancesado, tanto la erosión de los vínculos parentales y la fragilidad de la estructura nuclear se llevan a un margen cuando la madurez de los hijos termina por resquebrajar las ilusiones de la infancia. Al transitar desde la precariedad de un padre, la búsqueda de la aceptación de una madre y hasta la búsqueda de un ideal imposible entre hermanos, la película aunque lenta, llega a buen puerto. Esto porque la cinta utiliza un lenguaje cinematográfico sobrio para retratar cómo la verdadera comunicación siempre parece interrumpida por lo que no se dice. Gracias a un montaje y una composición visual que dotan de gravedad a lo cotidiano, el espectador es invitado a habitar la incomodidad de estas escenas donde la disfuncionalidad se vuelve el espejo de nuestras propias fracturas contemporáneas: al exponer el malestar inherente a la familia como una estructura fallida, recordándonos la premisa de Lacan sobre la inexistencia de una relación plena, pues el lenguaje siempre resulta insuficiente para colmar el vacío constitutivo que nos separa de ese Otro que es, al mismo tiempo, nuestra propia sangre.
O de como en la naturaleza no hay fantasmas (Estados Unidos-Angola-Namibia, 2025, 98 mins.)

El veterano cineasta alemán, Werner Herzog, sigue a Boyes en un viaje épico y espiritual, codo a codo con algunos de los mejores maestros rastreadores del planeta, en busca de un animal que durante mucho tiempo se creyó un mito.1
Elefantes Fantasmas es un documental dirigido por Werner Herzog que trata sobre la naturaleza —de ello no cabe duda—, pero presenta varios elementos que le permiten alejarse de la convención cientificista, algo que se manifiesta incluso en su propuesta narrativa. La historia que nos cuenta es la de un biólogo, el Dr. Steve Boyes, poseedor de una obsesión científica que inicia en el Museo Nacional de Historia Natural Smithsoniano en Washington D. C. Su tesis busca demostrar si los “elefantes fantasma” de Angola son descendientes genéticos directos de Henry, el elefante Fénykövi. Este ejemplar fue cazado en los años 50 y es, oficialmente, el elefante más grande registrado en la historia moderna. El objetivo, entonces, es claro: adentrarse en terrenos inexplorados y encontrar a una manada que no quiere ser hallada.
Este filme, compuesto de planos submarinos, conversaciones amenas y paisajes nocturnos completamente aislados de la civilización, logra adentrarnos en la meseta angoleña. Para lograrlo, el equipo se desplazó exclusivamente a pie, en motocicletas ligeras y en canoas a través de ríos inexplorados, lo que, irónicamente, repercutirá en la obtención de una de las pruebas de la existencia de estos elefantes. Es precisamente aquí —a través de las fotografías, los videos, las huellas y el lenguaje— donde las visiones de muchas culturas convergen en un imaginario compartido de la realidad. Quizá este sea el acierto más inesperado del documental, ya que nuestra atención está puesta originalmente en encontrar a los elefantes más grandes del mundo: criaturas enormes que van dejando un rastro confuso para la mayoría, pero que responden a una lógica de supervivencia, al igual que los expertos que los acompañan en esta suerte de cacería humanista.
Al igual que el científico utiliza instrumentos para definir su objeto, el documentalista utiliza el encuadre, el montaje y la narrativa para extraer un sentido de la realidad caótica. Esto lo sabe muy bien Herzog; incluso podría decirse que tiene muy clara la filosofía de la naturaleza de Evandro Agazzi, donde la distinción entre realidad y objeto resulta fundamental para comprender la naturaleza de la representación. Mientras que la realidad es la totalidad inagotable y compleja de lo que existe, el objeto es un «recorte» o una sección de dicha realidad delimitada por un punto de vista específico. Estos elefantes son un recorte de una realidad que no solo atraviesa a un país o una época en específico, sino que desdobla una de las tantas contradicciones del paso del ser humano por la Tierra: mientras algunos han sobrevivido limitándose a observar el fluir de su entorno, otros —principalmente desde Occidente— han destrozado todo lo que queda a su paso.
El documental trasciende la búsqueda científica del elefante más grande del mundo para sumergirse en una expedición que, a través de una narrativa alejada de formas obsoletas, transforma el rastro de una manada esquiva en un punto de convergencia entre diversas visiones culturales de la naturaleza. Al aplicar la distinción de Agazzi, se evidencia que esta «cacería humanista» no pretende agotar la realidad inabarcable de la selva angoleña, sino construir un objeto de estudio que denuncia la contradicción entre la huella destructiva de Occidente y la supervivencia armónica del entorno. Bajo esta premisa, ¿podría la creación de este objeto documental, mediado por la técnica y la mirada humana, ser el instrumento necesario para que el hombre moderno reconozca la realidad inagotable de una naturaleza que se desvanece antes de que su propio afán reduccionista termine por destruirla?
O de como la revolución nunca llegará (Palestina[Ocupado]-Noruega, 2024, 92 mins.)

Un grupo palestino-israelí muestra la destrucción de Masafer Yatta, en Cisjordania ocupada, por soldados israelíes y la alianza que se establece entre el activista palestino Basel y el periodista israelí Yuval.1
No Other Land es un documental que, por el solo hecho de existir, no solo ofrece una ventana y una perspectiva del mundo en que realmente vivimos, sino que representa una intersección en la historia de la humanidad. Es un trabajo conjunto de Yuval Abraham, Basel Adra, Hamdan Ballal y Rachel Szor, que nos sitúa en Masafer Yatta, en el extremo sur de Cisjordania, en el Estado de Palestina. El conflicto en este territorio no es ninguna novedad; la historia trata sobre un fragmento del gran plan de desplazamiento forzado, migración y apartheid que inició hace ya varias décadas por parte del Estado sionista. Regresando a la narrativa, a quienes vemos en pantalla es a Basel Adra (abogado y periodista) y a Yuval Abraham (periodista). Sin embargo, más que contarnos una historia, los vemos interactuando con esa realidad a la que se ve arrojado un niño, que se ve obligado a enfrentar a un soldado o a ver su casa derrumbada en minutos. Aquí el presente se arrastra entre gritos, disparos y explosiones.
Una de las muchas razones por las que ver este documental enriquece nuestra mirada es la forma en la que está hecho. Hay otras dos personas que intervienen en este gran conflicto (ese que ojalá el mundo viera de forma más aristotélica y menos utilitarista). Esta dupla, conformada por Hamdan Ballal (fotógrafo y agricultor) y Rachel Szor (directora de fotografía), teje una serie de fragmentos que se mueven en diferentes líneas espacio-temporales sin perder el foco: concebirse como “un acto de resistencia creativa y pacífica contra el desplazamiento forzado”.
Esta película es solo un pretexto que ha dejado una cicatriz en el cine contemporáneo, pero lo cierto es que las heridas aún no han cerrado…
Basel Adra ha sufrido de constantes hallanamientos a su casa. Las fuerzas militares de Israel asaltaron la casa de Adra en la aldea de at-Tuwani, confiscando y registrando los teléfonos de su familia. El incidente ocurrió tras un ataque previo de colonos radicales que dejó heridos a dos de sus hermanos y a un primo.2
Hamdan Ballal en marzo de 2025, justo después de regresar de la ceremonia de los Premios Óscar, Ballal fue emboscado por colonos israelíes, golpeado y posteriormente detenido por el ejército. Pasó la noche esposado y vendado en una base militar antes de ser liberado con heridas en la cabeza y el estómago tras la presión internacional.3
Awdah Hathaleen, un activista local, futbolista y consultor clave en la producción de No Other Land, fue asesinado de un disparo en el pecho por un colono israelí durante una incursión en el pueblo de Umm al-Khair. 4
O de como vivir para la eternidad (Day of the Fight, Estados Unidos, 2023, Dur.: 108 mins.)

Dirigida por Jack Huston, Day of the Fight sigue a “Irish” Mike Flannigan (Michael Pitt) el día de su primera pelea desde que salió de prisión. Se reencuentra con su entrenador (Ron Perlman) y su padre (Joe Pesci) mientras la película se acerca a una pelea culminante.1
El día de la pelea definitivamente es una película que, si practicas algún deporte o tienes un pasado que te persigue, es imperdible. El director Jack Huston nos cuenta la historia de Mickey, un excampeón de boxeo que lleva diez años sin tener una pelea en serio, ya que, después de estar en prisión, nadie lo toma en serio. Sin embargo, le han conseguido una pelea por el campeonato en el Madison Square Garden; pero no todo son buenas noticias para este peleador, pues después de un traumatismo, el doctor le comunica que tiene un aneurisma que pone en riesgo su vida si recibe un golpe en su cabeza. Lo anterior no lo detiene y el protagonista busca una redención, por lo que esta pelea es su última oportunidad de recuperar la felicidad y, en una de esas, también su título de campeón.
La trama de la película se disfruta desde el primer momento, ya que lo que vemos en pantalla no es nada más que las 24 horas previas a su pelea. Inicia, por supuesto, con una secuencia de entrenamiento al amanecer, para después irlo acompañando a diferentes lugares por la ciudad de Nueva York. En cada uno de estos lugares conocemos diferentes facetas de Mickey, y se van develando secretos que, si bien desde los primeros minutos de la película son mencionados, conforme pasa el tiempo vamos descubriendo nuevas facetas de nuestro protagonista. Esta elección narrativa aporta mucho a la tensión que se va generando conforme se acerca la hora de su pelea, pues debe estar listo a las seis de la tarde y, al parecer, él sabe que tiene que dejar todo listo para lo que será su última pelea… No es porque vaya a pasar algo, sino porque él solo está buscando la redención de su pasado.
Esta cinta está filmada en blanco y negro, y lo que podría parecer un cliché en las películas con esta temática, es llevado de una manera magistral por el director de fotografía Peter Simonite*, que permite colocar a este filme en un espacio temporal que es parte del imaginario del boxeo. Por otra parte, la banda sonora es clave (Ben MacDiarmid), con un uso muy marcado de música clásica, canciones de la cultura pop y arreglos orquestales que contrastan con la brutalidad del entorno de nuestro querido boxeador. Finalmente, la edición es uno de los elementos que aporta a que la historia fluya de una manera muy natural, ya que, a pesar de no ver un montaje grandilocuente, la simpleza de este nos acerca a la historia.
El día de la pelea es una película que nos cuenta lo que parece la inminente tragedia de un excampeón que está dispuesto a arriesgar su vida por encontrar la redención de un pasado caótico. Y, a pesar de acompañar al protagonista solo por unas horas en la antesala de su gran pelea, el recorrido que hace por varios puntos de Nueva York nos va revelando la complejidad del personaje. Este recorrido íntimo se ve elevado por una ejecución técnica impecable, donde la atemporalidad del blanco y negro dialoga con una banda sonora contrastante y una edición sutil para sumergirnos por completo en la psique del protagonista; para este punto, ya no estamos frente a un simple drama deportivo, sino en el viaje de un héroe. Mikey encarna a la perfección el concepto nietzscheano del Amor Fati, porque ya no desea borrar su oscuro pasado; él es consciente de que cada error, trauma y dolor lo trajeron hasta este instante y, aun así, no logra encontrar la paz, pues será hasta que toque la campana del último round cuando el verdadero peso de la redención y su efecto maravillosamente liberador hagan su aparición en la pantalla.
O de como reirse en el arte (Colombia, Alemania, Suecia, 2025, 120min)

La obsesión de Óscar Restrepo por la poesía no le trajo ninguna gloria. Envejecido y errático, ha sucumbido al cliché del poeta en la penumbra. Conocer a Yurlady, una humilde adolescente, y ayudarle a cultivar su talento trae algo de luz a sus días, pero arrastrarla al mundo de los poetas, tal vez no sea el camino.1
Un poeta es una comedia bastante negra, a ratos poética. Esta película de Simón Mesa Soto nos cuenta la historia de Óscar (Ubeimar Ríos), un poeta mediocre que, además de inmaduro, es alcohólico. En un intento de recuperar la relación con su hija, trata de cambiar y termina dando clases en una secundaria; ahí es donde la redención comienza: ha encontrado una joven promesa. Sin embargo, no todo es lo que parece, y el camino de nuestro protagonista se pondrá cada vez más complicado. En un principio, la joven poeta, Yurlady (Rebeca Andrade), con solo 15 años, a quien no le gusta la poesía y sueña con una vida tranquila, es arrastrada por el deseo de una maquinaria cultural. Esta comedia se desborda en un sinfín de situaciones, en principio graciosas, pero que tienen un fondo cada vez más visible.
La trama, escrita por el mismo director, nos va llevando a través de un ritmo rápido por una caricaturización de la poesía, la educación, la familia, los márgenes, lo popular, la miseria humana y mucho llanto. Tal vez con un llanto a la menor provocación, pues Óscar no es más que un cúmulo de malestares que inciden en sus decisiones, donde la redención que busca cada vez está más lejos y quizá nunca llegue. Es por lo anterior que la película se da el lujo de alejar la cámara de los personajes principales para mostrar un poquito de las diferentes capas de las que se compone.
Un poeta es una cinta que se da bastantes libertades, y una de las principales es la forma en que está fotografiada: la cámara en mano, una paleta descolorida y los recorridos en vehículos con simples montajes aportan mucho al ambiente cómico, sin dejar cerrada la posibilidad de acentuar el lenguaje cinematográfico para profundizar en una que otra escena. Por su parte, el apartado sonoro incluye sus buenos descubrimientos de la música popular colombiana.
Una comedia negra de ritmo acelerado, con una caótica búsqueda de redención de Óscar y el arrastre de la joven Yurlady hacia una maquinaria cultural es una premisa bastante ad hoc para hacernos reir y ¡funciona! como una aguda caricaturización de un mundo posible, que se sostiene de una atmósfera irónica. Este filme se apoya en libertades técnicas muy marcadas, destacando la inestabilidad de la cámara en mano, una paleta descolorida y un apartado sonoro interesante , con varios contrastes. Vemos más un dibujo que una foto, pues sus personajes, ambientes y acciones conforman un rico imaginario que parece partir de una literalidad heredada, quizá, del realismo mágico.
O de como el amor se convierte en una frontera

Banel y Adama están locamente enamorados. Este joven matrimonio vive en una remota aldea del norte de Senegal. Para ellos no existe nada más. Sin embargo, su perfecto amor eterno choca con las costumbres de su comunidad. Porque en este mundo no hay lugar para la pasión, y mucho menos para el caos.
Banel & Adama (Senegal, 2023, 87 min) nos cuenta lo que parece ser una historia de amor heteronormada y hegemónica, pero estamos muy lejos de esas latitudes. Esta historia comienza con la muerte del hermano y el padre de Adama; por ello, él tiene que tomar el liderazgo de la aldea, pero tan solo tiene 19 años. Lo que Adama (Mamadou Diallo) quiere es vivir tranquilamente con Banel (Khady Mane), con quien se acaba de casar porque, al morir su hermano, el Corán dicta que él es quien debe casarse con ella… Al parecer, ellos ya estaban enamorados desde niños. Por su parte, Banel es una mujer de espíritu rebelde que constantemente cuestiona las tradiciones de su aldea y busca imponer sus deseos por encima de todo. Sin embargo, esto tendrá consecuencias tanto para su relación con Adama como para la aldea completa.
La trama de esta cinta, escrita y dirigida por Ramata-Toulaye Sy, nos lleva por un desierto de emociones, tradiciones y condiciones materiales que nos hacen preguntarnos sobre la importancia del amor en tiempos de caos. Esta historia de amor se intensifica cuando las prioridades de los protagonistas parecen ir una contra la otra; o así es como lo ve Banel, quien, desde su individualismo, se reafirma como un ser diferente a su entorno, y está segura de que Adama también lo es. La aldea atraviesa un periodo de sequía y las circunstancias cada vez se ponen más complicadas para todos los habitantes. Adama, al rechazar la jefatura de su aldea, se siente responsable, mientras que Banel se obsesiona en desenterrar una casa a las afueras del pueblo para que ellos puedan vivir libremente.
En cuestiones técnicas, esta película cumple y aprovecha el entorno “salvaje” para mostrar una forma diferente de ver y relacionarse con la naturaleza. Sin tanto artilugio técnico, pero sí con una gran habilidad por parte del director de fotografía, Amine Berrada, nos regala un par de escenas alegóricas que envuelven de una forma mística la intención de no contar una historia cerrada, sino todo lo contrario: abrirla a las posibilidades de cada uno de los espectadores. En otro sentido, es importante resaltar que los protagonistas de esta historia no son actores profesionales; sin embargo, el realismo de sus acciones aporta grandes momentos a esta historia de amor.
Romper con los esquemas de amor no es cosa sencilla, más si te encuentras desde un margen o la frontera misma. En este sentido, la directora Ramata-Toulaye Sy acierta al no tomar un partido claro ni emitir juicios morales definitivos sobre las acciones de sus protagonistas. Más allá de articular un discurso complaciente para situarnos cómodamente en los terrenos de los estudios de género —donde resultaría muy fácil encasillar a Banel únicamente como un símbolo de empoderamiento frente al patriarcado—, la cinta abraza la contradicción, el egoísmo y el peso de la realidad material. Es justo en esta ambigüedad donde la obra enlaza profundamente con lo que nos dice Walter Benjamin sobre el margen: para el pensador alemán, la verdadera historia y los destellos críticos de la sociedad no se comprenden desde los centros de poder o los discursos hegemónicos, sino desde la periferia, las ruinas y los excluidos. La aldea asediada por la sequía y esa casa que Banel se empeña en desenterrar de la arena representan ese margen que, en la cultura del siglo XXI, ha cobrado un lugar protagónico. Hoy en día, la frontera ha dejado de ser el límite o el “fin” del mundo para convertirse en el epicentro indispensable desde el cual debemos repensar nuestras crisis globales —desde el colapso climático hasta nuestras formas de vincularnos afectivamente—. Al final, Banel & Adama nos recuerda que es precisamente en la periferia donde el amor, en medio del caos, revela su rostro más crudo y auténtico.