Para nosotros, físicos convencidos, la distinción entre pasado, presente y futuro es solo una ilusión, por obstinadamente persistente que sea.Albert Einstein
La casa armada, antes del anochecer, y la mirada hacia los cuerpos celestes. No hay mecanismos fríos ni calculadores solo un entorno en penumbras, anunciando que efectivamenrte todo el tiempo “pasan cosas”. Contemplo un organismo vasto, palpitante y divino.

Recuerdo a Giordado Bruno y su argumento que sostiene en la idea de un universo infinito y descentrado, donde cada astro, cada planeta y cada sol está dotado de un alma (anima mundi).

Bajo esta luz, los hechos astronómicos —un eclipse, el paso de un cometa, un alineamiento planetario— cobran un sentido ritualístico porque son, en esencia, los gestos de entidades vivas de una magnitud inconcebible.




El mar arroja la bruma, que ya cubre el cielo y sigue su camino hacia el poniente. El eclipse no se verá, es hora de dormir.

El portal mágico se abre porque el microcosmos (la humanidad) y el macrocosmos (el universo) están hechos de la misma sustancia divina y vibrante. Así, cuando Bruno habla de los cuerpos celestes, me pregunto si las estrellas resuenan en nosotros y provocan que “pasen cosas”, quizá es debido a una profunda simpatía cósmica.

Pero el motivo de este viaje me hace mirar al interior, y es allí donde Bergson emerge para subvertir esta fascinación por la inmensidad espacial.

El argumento central de Bergson radica en la tajante división entre el “tiempo espacializado” (el tiempo de los relojes, de las matemáticas y de la ciencia) y la durée o “duración pura” (el tiempo vivido por la consciencia).


Esta realidad no existe en el frío espacio de los cuerpos físicos de Bruno, sino en el cauce irrepetible de nuestra experiencia interior. La durée es un flujo continuo, heterogéneo e indivisible, donde el pasado, el presente y el futuro se funden y se interpenetran.

El portal no se abre allá arriba en el firmamento, sino aquí adentro, cuando la contemplación de una estrella fugaz o de una luna llena interrumpe nuestra cotidianidad y transforma nuestra textura emocional. Lo que hace que “pasen cosas” no es la gravedad de los planetas, sino cómo ese instante cósmico se incrusta en nuestra memoria viva, alterando cualitativamente nuestro devenir.

Tanto para Bruno, Bergson y para mi: el universo físico puede estar condenado a la repetición matemática de sus órbitas, pero en la durée del observador humano, cada noche estrellada es una experiencia absolutamente nueva, libre y creadora.

