Los 42k de Buenos Aires

El cuerpo como fuente de vida para estos tiempos complejos

Tres y media de la mañana, Buenos Aires, Argentina. Horas más, horas menos, y sin muchos detalles que un desayuno ligero, un baño caliente y el calentamiento algo titubeante….arrancá mi bloque. Son siete y diez de la mañana, no hay rastro del amancer, pues es quizá una de esas mañanas de invierno, ya en el camino se verá. Es el cuerpo el que empieza a hablar: mi tobillo, afectado por una fractura lejana, está cómodo, al parecer ajustar la cantidad de pasos por minuto tiene sus razones, avanzamos. Los primeros 5 kilómetros transitan desplegados como una línea continua de paisajes citadinos, algunos extraños para mi vista, pero que termino por reconocer posando la mirada en el horizonte.

La estrategia de la carrera parece sencilla: mantener un ritmo que no me lleve a una exigencia anaeróbica, no me gustaría lidiar con dos muros, basta el dolor punzante en la cadera que con la inflamación se vuelve crónico; entonces el trabajo es sostener, sostener y sostener. Así la proclama se vuelve personal y política a la vez. Eso ya lo sabemos, o al menos intentamos llevar a cabo, y en esta pista estoy seguro que más de una historia esta envuelta en la misma causa…. vivir en este mundo tan complejo de la mejor forma posible.

Kilómetro 10 o algo parecido. Por una parte mi dispositivo comienza a marcar algunos metros de más. Esto es normal, pues lo ideal sería seguir esas tres líneas azules, pero el ir adelantando, acercarse a los puestos de hidratación y tanto gps alrededor es otro recordatorio que esta carrera no es para nada individual; depente de tanto. Lo mejor es soltar al tiempo y sus medidiciones, seguir avanzando. Estoy cruzando la parte norte de la Ciudad de Buenos Aires, entre distribuidores viales, un estadio monumental y trenes en circulación la velocidad comienza a tentar. Las piernas responden con una cadencia y un aguante espectacular (!)

Regresamos al cuadro “principal” Nos acercamos a los sitios emblemáticos, pero eso aún está a varios kilómetros, eso creo. Lo que estoy seguro es que una tercera parte de la carrera ya quedó atrás asi como el frío de la mañana. La temperatura está subiendo y la humedad se hace presente. Y si seguimos técnicos, la altimetría de la ruta es bastante noble con nuestros cuerpos, sin subidas ni columpios, aunque eso estaba por verse metros más adelante. Sin embargo la pantorrillas están preparadas para las cuestas. El esfuerzo es la forma más pura de la voluntad humana donde el tejido de la materialidad de la conciencia se percibe a través del movimiento, los sentidos y las palabras.

¡Ya está! Ya pasó la mitad. Sontené el ritmo. Kilómetro 21.

A partir de este momento, el lado izquiero de mi cuerpo comienza un monólogo, o mejor dicho, pulsaciones y premoniciones de lo que podrían ser varios calambres. Estoy seguro que la segunda toma de miel me hará bien, pero por el momento trato de corregir el paso, tambien la tobillera está haciendo algo de presión extra. Me resuena la frase “el cuerpo humano no está hecho para correr” y esto es cierto, pues no estamos hechos a modo de un ser acabado con habilidad y conciencia plena, sino que el entorno, Simondon lo describe mejor– un medio tecnogeográfico, un elemento importante en la individuación. Es por ello que no estamos hechos para correr, por lo que hay que aprender, además es perceptible la energia que recorre el cuerpo y como reacciona con el pavimento.

Así se pasan 10 kilómetros más, dos terceras partes de la carrera. Es momento de tomar aliento, miel y dejar de escuchar la musica para adentrarnos a los sonidos del barrio de La Boca. Para este momento, mi exigencia de estar en el presente es la más poderosa de la carrera, los recuerdos se desvanecen, el ritmo cardiaco se mantiene costante y los sentimientos no se desbordan, aunque no faltan razones para llorar. Es aquí donde me sé muy lejos de mis orígenes, lejos de los lugares que frecuentaba, lejos de las primeros entrenamientos. Basicamente, muy lejos de lo que el ideal y el deseo de mi realidad se dibujaban. Porque parece que todo presente se sostiene de un pasado que le da forma a las imágenes que se desvancen por ese constante movimiento que llamamos vida.

A las tres horas con cincuenta y un minutos mi reloj marca los 42 km, no obstante aun la meta se encuentra a unos tres kilómetros de distancia. El trabajo está hecho, con un resultado del que me siento muy orgulloso. Podría parar y dejar descansar a mi cuerpo que hasta el momento se mantiene bien y con una condición fuerte, sin un desgaste excesivo. Decido no bajar el ritmo. Y lo que en otras carreras el saber que el objetivo se logró juega en contra, ahora fue el momento de disfrutar la carrera. Apagué toda medición, ya con los oídos bastante despejados y la mente clara, observo lo que pasa a mi alrededor. Lo cierto es que todo pasa muy rapido, pero el registro se hace más vivido a medida que nos vamos acercando a la meta, para por fin pisar ese tapete final, cual umbral que nos transforma en maratonistas.

Epílogo

Una carrera tiene varios puntos de partida. Especialmente despues de pasar varios eventos articulados desde un taxista que es amigo de un tal Antonio Aguilar, el volar más de 7 mil kilómetros, aceptar la alineación en algunos aspectos, y podría continuar, como cuando me inscribí a mi primer carrera del 2026, un enero… todavía invierno como este. Entonces es así como se termina de manera poética:

Es conjuro al invocar la perséfone virtud del tiempo con su tacto, no en el mundo que gira sino en la tierra que aún brota.

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